sábado, 30 de enero de 2016
La oscuridad de mis ojos cerrados hace del momento siempre el segundo mundo más bonito. Lo que no alcanzan mis manos a acariciar, mi boca a besar, se alcanza en mi cabeza cada vez que cierro los ojos. La tranquilidad que un día sentí al mirar fijamente las pupilas de la felicidad la siento cuando me imagino a su lado. Sus palabras me siguen acelerando el corazón como la primera vez que me confesó lo que se escondía dentro de él. La congoja tomaba vuelo cuando me acariciaba la mano y me sujetaba fuerte contra él.
Llorar de felicidad por quererle tanto nunca dolió como lo hizo aquel día. Aunque es más lo que me brinda su presencia en mi vida, me apuñala la idea de tener al responsable de hacerme sentir viva lejos de mi alcance sin yo poder devolverle todo lo que me ha dado y me da. Merecerá la pena esperar años si son sus brazos los que me esperan en la meta.
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