jueves, 23 de agosto de 2018

A las seis horas en seis años

Cuando la arena del reloj corre de nuestro lado
parece pararse a observarla de reojo. 
Es un espejismo, una ilusión
de ir por el desierto con el timón roto.
No quieren las puertas negras
acoger a alguien sin saber si volvería,
quieren que escuchen y griten
o vuelen del nido sin haber crecido.
Ojos violetas de acariciar las cuerdas
de una guitarra temerosa,
de forzar una huida
que nunca fue planificada.
Entre tus gritos, los míos, 
los de no estar en diecisiete horas, 
y los de querer encerrar memorias
en los cierres de las ventanas.

Los miedos pasados, 
el viento enemigo. 
-¿Qué soy, puedo,
quiero, seré?-
Un descubrimiento, una luz sin igual, 
un balcón a las maravillas, 
o un pozo sin excavar.

Rebuscamos, 
queremos sentir la llamada
del duende interior.
Y nos gritan: “¡Despierta!
No sueñes con que vuelas, 
limita tus alas a andar, 
que ya existen muchas golondrinas
y tú eres una más.”
Pero piensas: “¡Que yo quiero volar!
Los pies no avanzan, mis venas se impacientan. 
Ya que tengo alas, déjame serlas.”

Tu mejilla y gotas translúcidas 
por los recuerdos que todavía no lo son
y están queriendo serlo.
Por caer al precipicio de la soledad,
sin querer, y tocar el suelo sin estar en él.
Pidiendo ayuda al aire, para que me empuje
y no se equivoque, para que me deje soñar
un poco más, sin prisa, sin un mayo efímero. 

Seis horas para irme, 
seis horas para pensar
que no queremos que terminen
las últimas seis horas. 
Seis horas en negativo.
Siempre en nuestra contra,
a pesar de que el reloj corre de nuestro lado 
pero ni mirándolo de reojo sabemos pararlo.