domingo, 24 de marzo de 2019

A la de siempre.

Ahora no sé dónde estoy, 
pero estoy, y más ondulada que nunca.
Ya no me siento cansada de mí, 
ni del viejo ni del nuevo, ni de todo lo que viene.
Ya no soy el fruto de una ola gigante 
porque no estoy chocándome continuamente
contra mí misma.
“Déjame hacerte” repetía, entre sollozos secos, 
ahumada e inconsciente, con unos cristales
delante de los ojos, transparentes, 
que no me dejaban ver.

Ahora soy parte del agua que bebo, 
del que sudo y del que aspiro.
Cierro los ojos y no me lleno.
Me vacío cada día porque ahora sí. 
Sigo sin saber dónde estoy, 

pero soy.

¿A quién?

De tantos favores que te pedí
olvidé hacérmelos a mi.
Ni robaste ni regalé,
huiste para que no lo hiciera yo,
y esperando tu permiso estuve
tantas noches como dobles días.

A veces en los balcones no cabe el llanto,
solo palpita y ondea.

En algún momento podré hablarme
sobre la vuelta, los seísmos, las gárgolas de hueso,
las aguas secas, la velocidad...
Podré darle nombre a la miseria 
para no crear la mía, y así, 
rotar sobre el propio eje

hasta explotar las burbujas de color violín.