domingo, 26 de octubre de 2014


Y crujió la puerta del callejón, como siempre. Entro despacio porque el sueño le pesaba y miró la puerta que quedaba a su izquierda seguidamente de observar que las que se situaban al frente y a la derecha estaban abiertas de par en par. Nada más entrar se dejó guiar por el oído, que escuchaba voces en el otro lado de la vivienda. Empujó aquella puerta crema desgastada por los años y entró a una dispensa de suelo negro y estanterías del mismo color que la mayoría de muebles. Saltó un pequeño escalón y pasó por otra puerta que la llevó a una cocina que más bien era un pasillo, que dejó atrás para entrar a otra estancia que tenía aspecto de salón pero pequeño; con un teléfono colgado, dos sillones y varias sillas, una mesa con enaguas y un pequeño escritorio con una máquina de coser. Giró la cabeza a la izquierda y pudo ver justo lo que nunca quisiera haber visto. Se le encogió un nudo en el pecho y siguió avanzando. No dijo nada, ni un “buenos días”, ni un “hola”, sólo se acercó, le dio dos besos en la mejilla, lo miró con los ojos llorosos, giró la cabeza como ella solía hacer para evitar que le saliese una lágrima, y le sonrió para hacer más llevadero el momento. Siempre estaba sonriendo, desde pequeña ha sido muy risueña, pero aquella sonrisa no era más que una tapadera que no dejaba salir a las miles de lágrimas que amenazaban con hacerlo.

Desde aquellos días ella piensa qué habría pasado si hubiera ido cuando ya nada tenía arreglo, para volver a sonreírle. Ya sólo le puede sonreír a un trozo de mármol. 
Ya no quedan lágrimas por derramar.  

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