De lo que nos resguarda nuestras pestañas,
cubiertas por la tela que un Norte con amnesia
teje para los ojos ciegos.
Quejidos de pájaros en jaulas,
ríos bermejos ocultos en las ruinas de su cárcel,
que ahogan, anegan, hunden
lo que ya estaba ahogado, anegado, hundido.
Esquinas consumidas por la pólvora
que escapa, que derrumba a las cenizas de sus cenizas,
que es espina y araña el humo.
Lloradle al septentrión.
Si os cierran las puertas del paraíso,
lloradle a su foco,
que sobre su espalda no está la culpa
de no ver jaula, de no ver ceniza.
Son los que ven con los ojos secos y no miran.
Pero vosotros miráis con el mar en los ojos,
y no veis.
Féretros cansados de flotar,
cunas de nube que viven,
y reviven emociones encerradas.
Sus venas gritan, se desgañitan, escapan,
jurando que no son de allí.
La pólvora araña, la pólvora escapa;
los quejidos ahogan, anegan, hunden;
el Norte no llora, el Norte no ve ceniza,
y en los sueños de manos tiznadas
nace tela de aire y humo
que no ciega al Trópico de Cáncer.
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