Tú, espada incansable,
derribaste a cualquier enemigo de tu alma.
Surcabas el respirar como hijo de Neptuno,
llamabas a la alegría motor,
a la vida tesoro.
No existía universo
que no cupiera en ti.
Cuando el cielo se volvía negro,
lo tintabas de añil con tu aliento,
escupías al espejo tu grito de guerra:
"soy la espada incansable que te derribará,
enemigo de mi alma".
Maestro, enseñabas a olvidar,
y a recordar lo que hace grande
cuando se está menguando.
Serás del aire,
por la espada incansable que fuiste.
Ahora que el firmamento sólo puede verse oscuro,
la estela de su espada nos recordará que fue celeste,
y lo será hasta que tú, hijo de Neptuno, dejes de navegar
en nuestra memoria.
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