viernes, 15 de septiembre de 2017

Al universo que tenemos todos.

Que la tierra te sea leve, 
que las dudas no sean perennes,
que el nudo no sea corredizo,
que la mañana no sea tarde, 
que sus versos te guíen,
que el viento te susurre.

En los jardines de las estrofas, 
donde reconoces lo que fuiste,
y olvidas lo que eres porque 
ya no te ves, creas un lirio 
de musas infinitas escritoras de
historias que te hacen más tibia la llama.

Donde las piernas crecen 
a la par que mengua tu sangre de infinitud,
en el hueco no está el tiempo, 
ni la palabra que busca un mago.
No son tus ojos los que escriben
con tinta añil la sonata de preguntas.

El grito no corre con agua, 
no se tuerce en la orilla.
Ojalá nunca encuentre madera
en la que sostener su aliento
carroñero y destrozado, que vive
por la muerte de su huésped.

En el acero fundido está el furor,
está su verde color aprisionado, 
atemorizado de oxidar 
la guerra que quiere librar día a día, 
que quede olvidada por el descuido
de no librarla hoy.

A falta de una estrella, de una mano
ardiente erguida frente al sendero, 
que los versos se balanceen en 
sus comisuras y den que hablar 
en la huída, a quien huye,
y no a quien sopla en la arena.

No requieran las raíces más agua
que la ya dada por tu instinto. 
Empapado y seco de caos sin origen,
sin final y sin puerta.
Arde al no encontrarse y reza al mismo aire.

Las raíces no quieren agua; quieren ser leves.

sábado, 9 de septiembre de 2017

A los pestillos.

Las agujas se quedaron 
estancadas entre la séptima
y la novena, enterradas en gotas saladas,
cayendo por su escalera,
nublando la mía.
Cerrando los ojos un dios quería mirarme,
abriéndolos le quería yo mirar a él,
quería escribir la fábula de rascacielos
en unos metros cuadrados de azulejos blancos, 
sin madera de testigo pero con el mismo instinto,
quizás con más leído y escrito.

Oda a lo humano, a lo que eres, 
a lo que respiro, a lo que inspiras.
Oda a ese dios que embellece lo que toca,
el que eclipsa al palacio de cristal de abril.
Oda a nuestro océano sin azúcar, que nunca ahoga
ni aprieta, ni arrastra.
Oda a tus figuras, a tu escalera, a nuestra madera, 
a los azulejos, a las gotas saladas.
A los que nos salvan de que se descubra que los dioses

no lo son tanto cuando respiran en una curva.