Que la tierra te sea leve,
que las dudas no sean perennes,
que el nudo no sea corredizo,
que la mañana no sea tarde,
que sus versos te guíen,
que el viento te susurre.
En los jardines de las estrofas,
donde reconoces lo que fuiste,
y olvidas lo que eres porque
ya no te ves, creas un lirio
de musas infinitas escritoras de
historias que te hacen más tibia la llama.
Donde las piernas crecen
a la par que mengua tu sangre de infinitud,
en el hueco no está el tiempo,
ni la palabra que busca un mago.
No son tus ojos los que escriben
con tinta añil la sonata de preguntas.
El grito no corre con agua,
no se tuerce en la orilla.
Ojalá nunca encuentre madera
en la que sostener su aliento
carroñero y destrozado, que vive
por la muerte de su huésped.
En el acero fundido está el furor,
está su verde color aprisionado,
atemorizado de oxidar
la guerra que quiere librar día a día,
que quede olvidada por el descuido
de no librarla hoy.
A falta de una estrella, de una mano
ardiente erguida frente al sendero,
que los versos se balanceen en
sus comisuras y den que hablar
en la huída, a quien huye,
y no a quien sopla en la arena.
No requieran las raíces más agua
que la ya dada por tu instinto.
Empapado y seco de caos sin origen,
sin final y sin puerta.
Arde al no encontrarse y reza al mismo aire.
Las raíces no quieren agua; quieren ser leves.
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