Las agujas se quedaron
estancadas entre la séptima
y la novena, enterradas en gotas saladas,
cayendo por su escalera,
nublando la mía.
Cerrando los ojos un dios quería mirarme,
abriéndolos le quería yo mirar a él,
quería escribir la fábula de rascacielos
en unos metros cuadrados de azulejos blancos,
sin madera de testigo pero con el mismo instinto,
quizás con más leído y escrito.
Oda a lo humano, a lo que eres,
a lo que respiro, a lo que inspiras.
Oda a ese dios que embellece lo que toca,
el que eclipsa al palacio de cristal de abril.
Oda a nuestro océano sin azúcar, que nunca ahoga
ni aprieta, ni arrastra.
Oda a tus figuras, a tu escalera, a nuestra madera,
a los azulejos, a las gotas saladas.
A los que nos salvan de que se descubra que los dioses
no lo son tanto cuando respiran en una curva.
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