Mírame en el espejo,
¿qué crees?
Mírame, señálame,
forma un ángulo de treintaiseis grados
con tu índice y cúlpame de lo que te pase.
Trátame como tratarías a quien hiciera esto.
Abandóname y sé Medusa en el reflejo,
aplasta una de las dos cabezas que salen de mi cuello,
la que sea más feliz, y díselo
a todo el que puedas:
«La otra era la buena, la mala,
y yo no era nada.
Regañaba y solo me escuchaba yo.
Puede que venga alguna más
a taparme y llamarme cobarde,
pero será ella, que no se atreve a verbalizar
lo que llevo gritando años y retumba con eco».