domingo, 30 de marzo de 2014

Deja vu.


Una presión en el pecho oprimió las ganas que tenía el oxígeno de entrar en mis pulmones.
Sentí desvanecerse mi alma, como una sábana que se altera con el viento y acaba en el suelo. Pude oírme a mí misma en mi mente decir “siempre te pasa igual”. Una palabra detrás de otra me acuchillaban por dentro.

Pero tenían razón.
Más de la que nunca he llegado a reconocer.

Todo el tiempo era igual. Diariamente veía mis ilusiones caer entre mis dedos, y yo, inmóvil, sin poder arreglar aquella situación.

Observaba como los recuerdos se iban con esas ilusiones, y consigo, también se llevaban personas. Gente que pensaba que se quedarían conmigo cuando esto pasara, que me cogerían de la mano e impedirían que se derrumbasen los cimientos de mi pequeña y desordenada casa.

Pensaba.
Pero se marchan.
Como mis ganas de seguir luchando por algo que sé que seguramente no aguante el primer invierno.

domingo, 16 de marzo de 2014

Ni contigo ni sin ti.

¿Por dónde iba? Si, ya.

Hola. Cuánto tiempo, amigo. Te digo amigo porque esa parte tuya se fue hace tiempo, y ahora ha vuelto de nuevo. No debiste de cambiar de posición nunca, estabas bien donde estabas, cultivando mi felicidad y cuidando la tuya, pero a cierta distancia, manteniendo mi vida a salvo pero sin hacer peligrar la tuya. Hemos estado al límite, o por lo menos yo. Por culpa tuya, o mía, no lo tengo claro,  pero no quiero que vuelva a pasar, no quiero que confundamos fronteras y pongamos los límites en territorios prohibidos, de propiedad ajena. No quiero confundirme, no quiero agobiarme, quiero seguir apoyándome en ti cuando me tiemblen las piernas, y hacer sentir débil a tu corazón con mis palabras, y ya según se vea, también hechos.
Quiero que mi mente no me juegue una mala pasada y me susurre “pretendes olvidarlo, pero no te voy a dejar”, y mi corazón me haga lo mismo, que haya un complot entre todos los órganos de mi cuerpo contra mí misma.
Ojalá cuando intente dejarte en tu sitio me cambie el chip y sea como esos robots modernos que hacen todo lo que se les pide, que ya están funcionando en locales de China como camareros y relaciones públicas. Ojalá sea capaz de centrarme en lo mío, en que tengo una vida por delante para sentir lo que he sentido por un momento contigo.

Pero que sigas a mi lado, amor.

Ni contigo ni sin ti.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Asesino.


Te echo de menos. No sabes la falta que me haces, no te acuerdas de todos los “yo me acordaré de ti, siempre” que me dijiste y miranos ahora, yo sufriendo por alguien que probablemente ni se acuerde de mi la mitad de lo que yo de él y tú, que no hablas no sé por qué. Me siento sola sin ti, sin las risas que nos echábamos antes, sin todo ese cariño con el que me tratabas. Duele estar sin ti. Me hacías sentir viva. Era feliz cuando hablaba contigo. Las lágrimas se convertían en una sonrisa, que más adelante en una risa tonta. Eras mi principio y mi final. No éramos nada, ni yo quería que lo fuéramos y seguramente tú tampoco, pero el vacío que me has dejado me da a entender que eras más que un simple amigo. Eras un amigo, especial, que me trataba como alguien especial y me hacia sentir especial. Eras. Ahora eres esa persona que me hace llorar todas las noches por su recuerdo. Ahora eres alguien, que no conozco. Jamás voy a olvidarte, aunque tú probablemente ya lo hayas hecho. Cada vez que pienso en ti me duele, me duele hondo, no sé si es el alma, el corazón o simplemente es dolor psicológico, pero duele mucho, y el dolor es fuerte. A ratos pienso “eh, no es nadie para que estés llorando por él, tú vales más”, pero las palabras se van y vuelven las lágrimas, que sin avisar inundan mis mejillas cada noche. Intento olvidarte. Intento dejarte apartado de mi mente por un segundo. Pero no puedo. Me diste la vida y ahora tú te la has llevado contigo.

lunes, 3 de marzo de 2014

Para ti.


Tus carcajadas ahogadas, tus mordiscos en el labio cuando te aburres, tus abrazos de oso. No sabía qué efecto podría llegar a tener alguien sobre mi, pero llegaste tú. Me cambiaste la forma de verme a mi misma, de ver el mundo, me haces feliz.
Estar junto a ti es uno de los regalos más grandes que me ha podido dar la vida. Eres mi perdición, el orden de mi caos, estás aquí para organizarme el desorden y para revolverme lo ya organizado. Remueves mi mente como si te perteneciera, te encuentras en ella cada minuto y cada segundo de cada uno de los días del año. Tu voz se me quedó grabada hace mucho tiempo en la sesera, y dudo que se vaya alguna vez de ella. No es cuestión de quererte, es cuestión de necesitarte. Necesitar estar junto a ti y sentir tu aliento a escasos centímetros de mi boca. Entraste en mi vida inesperadamente, sin avisar. Eres como esas canciones que cuando la escuchas la primera vez la pasas por alto pero que a medida que la escuchas más, más te gusta.
Encuentro en ti el afecto que nunca he tenido, el cariño, el valor y la amistad que siempre me han faltado. Encuentro en ti a la persona que completa mi vida de tal modo que sin ti seguramente me sentiría como si arrancasen una parte de mi alma. Simplemente me ayudas a seguir adelante, me empujas hacia un futuro que antes de conocerte ni veía posible.
No te imaginas la de veces que me has sacado una sonrisa, la de veces que me has sacado del pozo en el que estaba metida. Tampoco te imaginas lo que me gustaría vivir contigo, aunque solo fuese un minuto de mi vida.

Mi amor, ¿qué más te has llevado contigo a parte de mi vida?


Él iba todos los días a la tumba de su mujer, recordando cada uno de los años que pasó con ella, los momentos vividos, las experiencias que le había brindado como padre, y lo mucho que extrañaba sus ojos, su boca, su vida, las ganas de vivir que desprendía. Ella se llevó consigo la fuerza en esa casa, la energía que él necesitaba para seguir adelante ya no estaba. La mujer a la que había acompañado hasta el fin de sus días, la mujer de su vida, ¿dónde estaba? La ausencia de esta le golpeaba el pecho cada noche, le gritaba en la mente, le presionaba el corazón. 

Mirando al mármol granate y grabado, soltó en voz alta, sin miedo a que alguien le escuchara, “te echo de menos”. Una lágrima cayó por su mejilla, pero no se la secó, quería que estuviera ahí, haciéndole sentir un poco menos solo en aquella vida, que hasta hacía unos meses tenía sentido, ahora no.
Apareció por su mente el recuerdo de sus hijos despidiéndose de su madre. La niña, su niña pequeña, solo 9 años, abrazando a su madre en aquella camilla de hospital. “Mamá, nunca te olvidaré, gracias por todo”. 
Otra lágrima.
Su mente era un caos, no sabía qué pensar o qué decir, cómo actuar ante la gente, cómo no estar destrozado durante los años que le quedaran de vida.
Por un momento cerró los ojos. Se imaginó cómo sería su vida si ella estuviera viva, viva y sana; al segundo se proyectó delante de sus ojos el momento en el que sus tres hijos y él, rotos, se abrazaron, rodeados de conmocionadas miradas.

Miró de nuevo a la foto de ella en el mármol.
“Estuve contigo hasta que te fuiste, y estaré contigo hasta que yo también me vaya” dijo antes de marcharse a casa, pensando en que el día siguiente, a la misma hora, la vería otra vez, su único consuelo.

Problemas.

 Querido, eres tan complicado. Me haces feliz, pero eres el motivo de mi desdicha. Me haces más fuerte, pero tu ausencia me debilita. La situación en sí es complicada. Somos complicados. No quiero quererte, y tú te dejas querer. Quererte me ayuda a sentirme segura del suelo donde piso y no caerme, pero también desearte tanto me hace temblar y perder el equilibrio, a veces hasta la cabeza. 

No debo quererte. 
Pero quiero. 
No puedo. 
Pero lo estoy haciendo. 

Dicen que desde pequeña me ha gustado ser diferente, variar un poco de lo normal, me gusta el peligro, y no sé cómo lo he hecho para caer siempre en la trampa de lo prohibido. Eres prohibido. 
La prohibición de tenerte solo me empuja a perseguirte, a intentarlo una vez más, pero hay un problema. Todo está en nuestra contra. Andamos en dirección contraria al viento, si nos dicen que no, seguimos la corriente, pero al rato me coges de la mano y me llevas al “si”. Me estás creando ilusiones, que solo hacen que te quiera querer cada día más, que te están haciendo olvidar a quien te hizo daño, y a mi a lo que me atormentaba. Quizá te esté ilusionando yo también a ti, quizá tú también pienses esto y la cobardía te congele las palabras, yo prefiero prender la llama cerca de las mías, y que vayan derritiéndose poco a poco, y así poder hablarte por fin, algún día, con la sinceridad que siempre he querido tener contigo, y la que me permita saber de ti.

Saber de nosotros. 



O no saber.

domingo, 2 de marzo de 2014

Te fuiste.


No sé dónde estás, no sé dónde quedaron esas huellas, no tengo ninguna idea de en qué lugar te puedes estar escondiendo. En el cielo quizá. Desapareciste sin decirme nada y sin aparentemente nada que contarme. A mi me quedaba todo por confesarte. Me quedaba una vida entera por compartir contigo, y te fuiste. Todavía recuerdo verte en ese sillón, impotente, pensando en lo que iba a pasar después de ese día, mirándome, y yo devolviéndote la vista. También recuerdo que eras una de las pocas personas que me miraba con buenos ojos. Me decías lo bonita que era aunque eso no fuese verdad, me defendías y querías como nunca nadie lo había hecho. Fuiste como esos tornados tan destructivos que pasan por zonas débiles y las debilita aún más. Hacías mucha falta en mi mundo.

Al mes después iba a tu casa, y no te veía, te buscaba con la mirada pero solo encontraba ausencia. No me fue fácil acostumbrarme a estar sin ti, créeme. Que no te he olvidado, joder. “¿Te sigues acordando de él?”. Esa pregunta. Que si me sigo acordando. Acordarse es poco.

Me miras.


Me miras. Te miro. Solo basta un segundo para que me de cuenta del brillo en tus ojos. Me sonrojo al pensar que seguramente a mi también me brille la pupila al contemplarte. Hago una recorrido con la vista sobre tu cuerpo. Increíble. Me adormeces con tu sonrisa, me elevas hasta novenos cielos de los que es imposible bajar si no es también contigo. Tu voz, esa misma que acaricia mis sentidos cada vez que me susurras al oído. Tu voz, tan mía. Cómo te cae el pelo por la frente, cómo lo colocas en su sitio, joder. Tus manos, con las que me envuelves el rostro y me secas la lágrima, y esos brazos, con los que me levantas como si fuera una muñeca. Eres grande en todos los sentidos, y así es como me haces sentir a mí, grande, en sintonía con cada parte de tu cuerpo, sentirte mío, que me sientas tuya. No hay manera posible de enfadarse contigo. Algo impide que suelte mi rabia cuando se trata de ti. Cada palabra tuya es un suspiro de mi alma. Cada respiración tuya llega a mi corazón unicamente para hacerlo latir más fuerte. Eres el núcleo de mi mundo, el tabique esencial para que yo no me derrumbe, estás aquí para organizar mi desorden y desordenar lo que ya estaba organizado. En un túnel tú serías esas luces que iluminan el tramo sin luz. Eres mi comienzo y mi fin. Haces que me olvide de lo que soy, de lo que siento por mi misma y me centre en la persona que eres, y en la que me estás convirtiendo. No digo nada que no sepas. Permaneces en mi mente todas y cada una de las horas del día.
Te aferras a mi.
Dime si existe alguna forma de felicidad que no sea contigo.
Dime si habrá algo o alguien que alguna vez pueda llegar a tener el efecto que tú estás teniendo en mi.