Una presión en el pecho oprimió las
ganas que tenía el oxígeno de entrar en mis pulmones.
Sentí desvanecerse mi alma, como una
sábana que se altera con el viento y acaba en el suelo. Pude oírme
a mí misma en mi mente decir “siempre te pasa igual”. Una
palabra detrás de otra me acuchillaban por dentro.
Pero tenían razón.
Más de la que nunca he llegado a
reconocer.
Todo el tiempo era igual. Diariamente
veía mis ilusiones caer entre mis dedos, y yo, inmóvil, sin poder
arreglar aquella situación.
Observaba como los recuerdos se iban
con esas ilusiones, y consigo, también se llevaban personas. Gente
que pensaba que se quedarían conmigo cuando esto pasara, que me
cogerían de la mano e impedirían que se derrumbasen los cimientos
de mi pequeña y desordenada casa.
Pensaba.
Pero se marchan.
Como mis ganas de seguir luchando por
algo que sé que seguramente no aguante el primer invierno.
