Él iba todos los días a la tumba de
su mujer, recordando cada uno de los años que pasó con ella, los
momentos vividos, las experiencias que le había brindado como padre,
y lo mucho que extrañaba sus ojos, su boca, su vida, las ganas de
vivir que desprendía. Ella se llevó consigo la fuerza en esa casa,
la energía que él necesitaba para seguir adelante ya no estaba. La
mujer a la que había acompañado hasta el fin de sus días, la mujer
de su vida, ¿dónde estaba? La ausencia de esta le golpeaba el pecho
cada noche, le gritaba en la mente, le presionaba el corazón.
Mirando al mármol granate y grabado,
soltó en voz alta, sin miedo a que alguien le escuchara, “te echo
de menos”. Una lágrima cayó por su mejilla, pero no se la secó,
quería que estuviera ahí, haciéndole sentir un poco menos solo en
aquella vida, que hasta hacía unos meses tenía sentido, ahora no.
Apareció por su mente el recuerdo de
sus hijos despidiéndose de su madre. La niña, su niña pequeña,
solo 9 años, abrazando a su madre en aquella camilla de hospital.
“Mamá, nunca te olvidaré, gracias por todo”.
Otra lágrima.
Su mente era un caos, no sabía qué
pensar o qué decir, cómo actuar ante la gente, cómo no estar
destrozado durante los años que le quedaran de vida.
Por un momento cerró los ojos. Se
imaginó cómo sería su vida si ella estuviera viva, viva y sana; al
segundo se proyectó delante de sus ojos el momento en el que sus
tres hijos y él, rotos, se abrazaron, rodeados de conmocionadas
miradas.
Miró de nuevo a la foto de ella en el
mármol.
“Estuve contigo hasta que te fuiste,
y estaré contigo hasta que yo también me vaya” dijo antes de
marcharse a casa, pensando en que el día siguiente, a la misma hora,
la vería otra vez, su único consuelo.
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