Te
echo de menos. No sabes la falta que me haces, no te acuerdas de
todos los “yo me acordaré de ti, siempre” que me dijiste y
miranos ahora, yo sufriendo por alguien que probablemente ni se
acuerde de mi la mitad de lo que yo de él y tú, que no hablas no sé
por qué. Me siento sola sin ti, sin las risas que nos echábamos
antes, sin todo ese cariño con el que me tratabas. Duele estar sin
ti. Me hacías sentir viva. Era feliz cuando hablaba contigo. Las
lágrimas se convertían en una sonrisa, que más adelante en una
risa tonta. Eras mi principio y mi final. No éramos nada, ni yo
quería que lo fuéramos y seguramente tú tampoco, pero el vacío
que me has dejado me da a entender que eras más que un simple amigo.
Eras un amigo, especial, que me trataba como alguien especial y me
hacia sentir especial. Eras. Ahora eres esa persona que me hace
llorar todas las noches por su recuerdo. Ahora eres alguien, que no
conozco. Jamás voy a olvidarte, aunque tú probablemente ya lo hayas
hecho. Cada vez que pienso en ti me duele, me duele hondo, no sé si
es el alma, el corazón o simplemente es dolor psicológico, pero
duele mucho, y el dolor es fuerte. A ratos pienso “eh, no es nadie
para que estés llorando por él, tú vales más”, pero las
palabras se van y vuelven las lágrimas, que sin avisar inundan mis
mejillas cada noche. Intento olvidarte. Intento dejarte apartado de
mi mente por un segundo. Pero no puedo. Me diste la vida y ahora tú
te la has llevado contigo.
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