domingo, 2 de marzo de 2014

Me miras.


Me miras. Te miro. Solo basta un segundo para que me de cuenta del brillo en tus ojos. Me sonrojo al pensar que seguramente a mi también me brille la pupila al contemplarte. Hago una recorrido con la vista sobre tu cuerpo. Increíble. Me adormeces con tu sonrisa, me elevas hasta novenos cielos de los que es imposible bajar si no es también contigo. Tu voz, esa misma que acaricia mis sentidos cada vez que me susurras al oído. Tu voz, tan mía. Cómo te cae el pelo por la frente, cómo lo colocas en su sitio, joder. Tus manos, con las que me envuelves el rostro y me secas la lágrima, y esos brazos, con los que me levantas como si fuera una muñeca. Eres grande en todos los sentidos, y así es como me haces sentir a mí, grande, en sintonía con cada parte de tu cuerpo, sentirte mío, que me sientas tuya. No hay manera posible de enfadarse contigo. Algo impide que suelte mi rabia cuando se trata de ti. Cada palabra tuya es un suspiro de mi alma. Cada respiración tuya llega a mi corazón unicamente para hacerlo latir más fuerte. Eres el núcleo de mi mundo, el tabique esencial para que yo no me derrumbe, estás aquí para organizar mi desorden y desordenar lo que ya estaba organizado. En un túnel tú serías esas luces que iluminan el tramo sin luz. Eres mi comienzo y mi fin. Haces que me olvide de lo que soy, de lo que siento por mi misma y me centre en la persona que eres, y en la que me estás convirtiendo. No digo nada que no sepas. Permaneces en mi mente todas y cada una de las horas del día.
Te aferras a mi.
Dime si existe alguna forma de felicidad que no sea contigo.
Dime si habrá algo o alguien que alguna vez pueda llegar a tener el efecto que tú estás teniendo en mi.

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