Me miras. Te miro. Solo basta un
segundo para que me de cuenta del brillo en tus ojos. Me sonrojo al
pensar que seguramente a mi también me brille la pupila al
contemplarte. Hago una recorrido con la vista sobre tu cuerpo.
Increíble. Me adormeces con tu sonrisa, me elevas hasta novenos
cielos de los que es imposible bajar si no es también contigo. Tu
voz, esa misma que acaricia mis sentidos cada vez que me susurras al
oído. Tu voz, tan mía. Cómo te cae el pelo por la frente, cómo lo
colocas en su sitio, joder. Tus manos, con las que me envuelves el
rostro y me secas la lágrima, y esos brazos, con los que me levantas
como si fuera una muñeca. Eres grande en todos los sentidos, y así
es como me haces sentir a mí, grande, en sintonía con cada parte de
tu cuerpo, sentirte mío, que me sientas tuya. No hay manera posible
de enfadarse contigo. Algo impide que suelte mi rabia cuando se trata
de ti. Cada palabra tuya es un suspiro de mi alma. Cada respiración
tuya llega a mi corazón unicamente para hacerlo latir más fuerte.
Eres el núcleo de mi mundo, el tabique esencial para que yo no me
derrumbe, estás aquí para organizar mi desorden y desordenar lo que
ya estaba organizado. En un túnel tú serías esas luces que
iluminan el tramo sin luz. Eres mi comienzo y mi fin. Haces que me
olvide de lo que soy, de lo que siento por mi misma y me centre en la
persona que eres, y en la que me estás convirtiendo. No digo nada
que no sepas. Permaneces en mi mente todas y cada una de las horas
del día.
Te aferras a mi.
Dime si existe alguna forma de
felicidad que no sea contigo.
Dime si habrá algo o alguien que
alguna vez pueda llegar a tener el efecto que tú estás teniendo en
mi.
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