Tus carcajadas ahogadas, tus mordiscos
en el labio cuando te aburres, tus abrazos de oso. No sabía qué
efecto podría llegar a tener alguien sobre mi, pero llegaste tú. Me
cambiaste la forma de verme a mi misma, de ver el mundo, me haces
feliz.
Estar junto a ti es uno de los regalos
más grandes que me ha podido dar la vida. Eres mi perdición, el
orden de mi caos, estás aquí para organizarme el desorden y para
revolverme lo ya organizado. Remueves mi mente como si te
perteneciera, te encuentras en ella cada minuto y cada segundo de
cada uno de los días del año. Tu voz se me quedó grabada hace
mucho tiempo en la sesera, y dudo que se vaya alguna vez de ella. No
es cuestión de quererte, es cuestión de necesitarte. Necesitar
estar junto a ti y sentir tu aliento a escasos centímetros de mi
boca. Entraste en mi vida inesperadamente, sin avisar. Eres como esas
canciones que cuando la escuchas la primera vez la pasas por alto
pero que a medida que la escuchas más, más te gusta.
Encuentro en ti el afecto que nunca he
tenido, el cariño, el valor y la amistad que siempre me han faltado.
Encuentro en ti a la persona que completa mi vida de tal modo que sin
ti seguramente me sentiría como si arrancasen una parte de mi alma.
Simplemente me ayudas a seguir adelante, me empujas hacia un futuro
que antes de conocerte ni veía posible.
No te imaginas la de veces que me has
sacado una sonrisa, la de veces que me has sacado del pozo en el que
estaba metida. Tampoco te imaginas lo que me gustaría vivir contigo,
aunque solo fuese un minuto de mi vida.
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