Y crujió la puerta del callejón, como
siempre. Entro despacio porque el sueño le pesaba y miró la puerta
que quedaba a su izquierda seguidamente de observar que las que se
situaban al frente y a la derecha estaban abiertas de par en par.
Nada más entrar se dejó guiar por el oído, que escuchaba voces en
el otro lado de la vivienda. Empujó aquella puerta crema desgastada
por los años y entró a una dispensa de suelo negro y estanterías
del mismo color que la mayoría de muebles. Saltó un pequeño
escalón y pasó por otra puerta que la llevó a una cocina que más
bien era un pasillo, que dejó atrás para entrar a otra estancia que
tenía aspecto de salón pero pequeño; con un teléfono colgado, dos
sillones y varias sillas, una mesa con enaguas y un pequeño
escritorio con una máquina de coser. Giró la cabeza a la izquierda
y pudo ver justo lo que nunca quisiera haber visto. Se le encogió un
nudo en el pecho y siguió avanzando. No dijo nada, ni un “buenos
días”, ni un “hola”, sólo se acercó, le dio dos besos en la
mejilla, lo miró con los ojos llorosos, giró la cabeza como ella
solía hacer para evitar que le saliese una lágrima, y le sonrió
para hacer más llevadero el momento. Siempre estaba sonriendo, desde
pequeña ha sido muy risueña, pero aquella sonrisa no era más que
una tapadera que no dejaba salir a las miles de lágrimas que
amenazaban con hacerlo.
Desde aquellos días ella piensa qué
habría pasado si hubiera ido cuando ya nada tenía arreglo, para
volver a sonreírle. Ya sólo le puede sonreír a un trozo de mármol.
Ya no quedan lágrimas por derramar.
