domingo, 26 de octubre de 2014


Y crujió la puerta del callejón, como siempre. Entro despacio porque el sueño le pesaba y miró la puerta que quedaba a su izquierda seguidamente de observar que las que se situaban al frente y a la derecha estaban abiertas de par en par. Nada más entrar se dejó guiar por el oído, que escuchaba voces en el otro lado de la vivienda. Empujó aquella puerta crema desgastada por los años y entró a una dispensa de suelo negro y estanterías del mismo color que la mayoría de muebles. Saltó un pequeño escalón y pasó por otra puerta que la llevó a una cocina que más bien era un pasillo, que dejó atrás para entrar a otra estancia que tenía aspecto de salón pero pequeño; con un teléfono colgado, dos sillones y varias sillas, una mesa con enaguas y un pequeño escritorio con una máquina de coser. Giró la cabeza a la izquierda y pudo ver justo lo que nunca quisiera haber visto. Se le encogió un nudo en el pecho y siguió avanzando. No dijo nada, ni un “buenos días”, ni un “hola”, sólo se acercó, le dio dos besos en la mejilla, lo miró con los ojos llorosos, giró la cabeza como ella solía hacer para evitar que le saliese una lágrima, y le sonrió para hacer más llevadero el momento. Siempre estaba sonriendo, desde pequeña ha sido muy risueña, pero aquella sonrisa no era más que una tapadera que no dejaba salir a las miles de lágrimas que amenazaban con hacerlo.

Desde aquellos días ella piensa qué habría pasado si hubiera ido cuando ya nada tenía arreglo, para volver a sonreírle. Ya sólo le puede sonreír a un trozo de mármol. 
Ya no quedan lágrimas por derramar.  

sábado, 27 de septiembre de 2014

¿Cuál es el problema? Tú, yo, no lo sé. Quizás el problema sea que hice lo correcto en ese momento pero no lo que a mí me vendría mejor en un futuro. Quizás estés mejor sin mí o quizás sientas al ver una foto mía lo que yo siento al mirar una tuya. Quizás algún día me duela lo suficiente como para volver a hablarte. Porque duele, duele muchísimo ver lo que éramos y que ya no sea nada; pero no es suficiente, me dolería más volver para seguir sufriendo que estar así y morir en silencio.

martes, 26 de agosto de 2014

Alma de gato.


Creo que pocas veces he tenido ojeras moradas y a la vez los ojos hinchados, y hoy es una de ellas. Cogerle ganas a la vida y en pocos meses perderla. Es un fracaso más entre todos los que he tenido y tendré, pero por el momento me está consumiendo. Me está desgastando como una triste vela, pequeña y agotada, que tuvo su momento de luz pero alguien vino para apagarla. Espero poder recordar esto como algo que me hizo más fuerte y no como una época en la que mi pequeño mundo se derrumbó y nadie podía ayudarme a construirlo de nuevo.
Al mi lado siempre está ella, mi gata. Me mira y es como si me dijera 'eh, me estoy poniendo juguetona para ti', como si me ayudase inconscientemente. Lo genial que sería ser un gato. No sentir dolor por nada ajeno, no convertirse en un monstruo por factores externos, no vivir condicionado a los demás esperando a que alguien haga algo por ti cuando ni tú puedes salvarte. Ojalá viviera en un alma libre de culpa, en el que nada me detuviese ni nadie me pasase por encima. Ojalá pudiera agarrarme a la fuerza como ella se sujeta a un tronco de árbol. Ojalá yo fuera tan fuerte como para decir que no voy a caer nunca más; pero siempre está el precipicio y alguien empujándome al vacío, y ni soy un gato para sostenerme ni hay nada a lo que sujetarme.

lunes, 25 de agosto de 2014

Otra vez, el dolor.


¿Cuando extrañáis a alguien cómo os sentís? ¿Qué se os pasa por la cabeza? A veces siento que nadie sabe lo que es echar de menos a alguien, ya que hasta decís 'te quiero' sin sentirlo de verdad. ¿Os hacéis una idea de lo que le pasa a mi respiración cuando siento que me falta alguien? El diafragma se contrae con fuerza, luchando por coger más aire por la boca porque mi querida napia ha decidido atascarse. Casi nunca esa persona se va definitivamente; siempre que mi estado de ánimo se basa en esta mierda es porque mi mente se esfuerza en hacerme creer que no le voy a ver más aunque sea posible, estando tal persona a mi lado no literalmente pero sí detrás de una pantalla. Lo que se siente no es tristeza, es soledad. Pensar que sin esa persona estás, se podría decir, perdida. Que te de tal abrazo que todas las piezas rotas se vuelvan a unir. Eso, eso echo de menos. Poder decir que lo tengo a mi lado, y que no me siento sola la mayor parte del tiempo. Tener el privilegio de gritar que no me duele nada porque de verdad no me duele. Hace tiempo que dejé de tener esa suerte.
Anteriormente dije que el dolor es opcional, pues yo prefiero sentirlo, para así poder asegurarme de seguir viva.

jueves, 21 de agosto de 2014

Despedida.

No sé si será el tiempo, las ganas, yo, mi alrededor, o simplemente que la imaginación se me desgasta. Ya no tengo la musa que antes me hacía escribir, ni el dolor que comprendía lo que salía de mis dedos tecleando. No es que ahora no sienta el dolor, que lo hago; está conmigo todos y cada uno de mis días, a su manera. Ya no me impide respirar, tampoco invade días, ni me presiona el pecho. El dolor no es opcional, es algo que queramos o no va a estar ahí. Podemos hacerle caso, darle el gusto de meterse dentro y ponerlo todo patas arriba. Que derribe lo poco que quedaba en pie, y arrase con lo que todavía no había sido devastado. Que no nos deje continuar, que nos oculte la salida. O podemos ignorarlo. Como he dicho, no es algo que elijamos, ni él a nosotros; no tenemos el poder de asignar dolores a dolientes, pero sí podemos seleccionar la opción de 'no seré yo quien lo pase mal ahora'.

lunes, 18 de agosto de 2014

Agua sucia.


Pensemos: ¿necesitamos a ese 'alguien' de verdad o es sólo que nos hartamos de buscar y consideramos que el mínimo afecto es todo, cuando no es nada? Un día te hartas de pensar en lo que lleva tiempo rondándote la cabeza y dejas que la razón te guíe por un instante que quizás sólo sea eso: un instante; al momento vas a seguir igual que antes, vuelta a empezar, vuelta a tener en mente lo único que no debemos tener. Es complicado de explicar, lo intentaré:
En una pecera hay seis peces. Uno de ellos eres tú, valiente y arrogante queriéndote comer el mundo dentro de tu pecera. Crees que lo quieres todo, que siempre vas a necesitar a otro pez a tu lado apoyándote, y da la casualidad que los otros cinco peces están de tu parte; lo tienes todo. Intentas tener al primer pez, y al poco tiempo no aguanta. No le atosiga el agua sucia, el problema es que a ti te ha dejado de interesar su comida, él empieza a odiar tu forma de aletear, y os hartáis; seguís en la misma pecera, pero cada uno por su lado, sin mirar al que por un tiempo fue el mejor pez. Al segundo pez lo que le sucede es que aborrece la comida que le cedes, le das todo y él no te da nada, simplemente eres el que acaba con la aleta rota y las branquias hartas de luchar por respirar. El tercer pez llega cuando el segundo está en la marca de salida, cuando todo está rompiéndose y necesitas a alguien con quien compartir algas y burbujas. Este pez sigue, a pesar de las fracturas de espina, de cola, y de todas las noches esperando a que nos dieran comida; este sigue, y nunca se va. El cuarto pez lo da todo por ti, y tú por él. Todo. Este es el que no te abandona, el que soporta por ti todo lo que una pequeña pecera puede acontecer y más. El que no permite que te ahogues en ese diminuto espacio, y el que sólo pretende ayudarte para que logres convertirte en el pez que siempre quisiste ser. Este nunca se irá, nunca querrás que se vaya, porque cuando lo haga sí que morirás, no bastará toda la comida del mundo ni la pecera más grande que puedan concederte. Y bueno, llega el quinto. Este es el más complicado, con el que te peleas por nada, el que aborreces con sólo mirar. Pero da la casualidad que es el único que hace dejes por un momento de jugar por sólo pelear con él. Lo dejas todo si te dice algo, por insignificante que sea. Es el pez especial. El que deseas con todas tus fuerzas, el que ni por todo el oro del mundo querrías que se fuera de tu lado, porque es tu pez, tuyo.

No sé si me habéis entendido. Tú, el último pez, has logrado tener a tu manera a esos cinco peces, la mayoría no los has conseguido, y quieres seguir consiguiendo peces. Hasta que no haya más, y el que tenga que morir seas tú, porque has acabado con todo, no te queda nada. Mientras tanto seguirás con el tercer, cuarto y quinto pez; pero nunca sabrás cuando estos se vayan lo que pasará contigo, si seguirás necesitando a alguien, o si las branquias se te acostumbrarán a respirar sin agua.

martes, 8 de julio de 2014

Nada.

El otro día estaba aburrida y pensé "¿por qué no hacerle una visita?". Fui a verte, a pesar de que mi cabeza seguía comiéndome, intentando decirme que no era lo mejor, continué. Por el camino me entretuve, y cuando iba a retomar el sendero "voy a ver a mi... A mi qué...". Fue bastante absurdo, aún más absurdo que todo esto, mucho más. 
Pero es verdad, no eres mi...nada. Ya no me une a ti ni un simple "hola". Tu nombre ya no va acompañado por un "mi" delante cuando lo pronuncio; ahora va con complementos detrás, quizás insultos. 
No, insultos no. No sería capaz de mentir y llamarte gilipollas, insensible... Porque sería mentira, y sólo estaría intentando convencerme de que no fuiste lo mejor que me ha pasado. Aunque muy a mi pesar así sea. Qué quieres, es verdad. 
Lo raro es que no me haces falta, no te echo de menos a ti; extraño las conversaciones, tu voz, tu risa, tus palabrotas, tus piques. Pero no a ti. 
Y creo que nunca te quise. Siempre quise nuestra situación, que joder, era preciosa. A ti te quería, claro que te quería, cómo no hacerlo, pero de otra forma. 
Me enamoré de unas palabras que no tenían sentido, y creí que lo estaba haciendo de alguien que se lo daba a mi vida.

También sé que lo que acabo de decir no tiene sentido. Nada tenía sentido ni lo sigue teniendo. Yo no tenía sentido, tú no tenías sentido, y nosotros no teníamos sentido. 
Nada. 
Y en nada se quedó.

domingo, 29 de junio de 2014

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Te odio.
Bonita expresión.
Pero no la voy a utilizar contigo. Contigo no. Porque para qué mentirnos, no te odio. Te sigo queriendo, o teniendo cariño, no lo sé. Lo único que tengo claro es que quiero estar otra vez como estábamos antes; que echo de menos que me hicieras llorar de la risa; que me encantaría volver a disfrutar contigo; y que pierdo los vientos por continuar con eso que tanto bien me hacía.
Pero no puedo hacer nada. Te veo bien así. Y yo aparento estar bien. Que no lo estoy, y seguramente con el tiempo esto se arregle, pero por ahora sigo echándote de menos, que por lo que veo es lo único que sé hacer bien respecto a ti.
Oye, que si lees esto lo más seguro es que pienses que es por ti, y sí, es por ti. No suelo expresar mis sentimientos a nadie, pero la ocasión lo merece:
Te echo de menos, quizás tú a mí no, sé que se puede estar sin mí de puta madre; pero también soy consciente de que puede haber una posibilidad de que a ti también te duela. Una amistad así no se olvida. ¿Que tú me hayas olvidado? Lo dudo mucho. Llámame egocéntrica, pero pienso que no soy tan poca cosa como para que me olvides en tan poco tiempo.
Y que, bueno, que te vaya bien. No puedo decirte nada malo aunque todo esto sea por culpa tuya, por no saber reconocer lo que hacía por ti. No puedo. Porque lo bueno que has hecho supera con creces a lo malo.
Siempre voy a estar dispuesta para ti, para volver a lo que éramos. Lo estés tú o no.
Y que gracias. Por todo en general, gracias.

domingo, 30 de marzo de 2014

Deja vu.


Una presión en el pecho oprimió las ganas que tenía el oxígeno de entrar en mis pulmones.
Sentí desvanecerse mi alma, como una sábana que se altera con el viento y acaba en el suelo. Pude oírme a mí misma en mi mente decir “siempre te pasa igual”. Una palabra detrás de otra me acuchillaban por dentro.

Pero tenían razón.
Más de la que nunca he llegado a reconocer.

Todo el tiempo era igual. Diariamente veía mis ilusiones caer entre mis dedos, y yo, inmóvil, sin poder arreglar aquella situación.

Observaba como los recuerdos se iban con esas ilusiones, y consigo, también se llevaban personas. Gente que pensaba que se quedarían conmigo cuando esto pasara, que me cogerían de la mano e impedirían que se derrumbasen los cimientos de mi pequeña y desordenada casa.

Pensaba.
Pero se marchan.
Como mis ganas de seguir luchando por algo que sé que seguramente no aguante el primer invierno.

domingo, 16 de marzo de 2014

Ni contigo ni sin ti.

¿Por dónde iba? Si, ya.

Hola. Cuánto tiempo, amigo. Te digo amigo porque esa parte tuya se fue hace tiempo, y ahora ha vuelto de nuevo. No debiste de cambiar de posición nunca, estabas bien donde estabas, cultivando mi felicidad y cuidando la tuya, pero a cierta distancia, manteniendo mi vida a salvo pero sin hacer peligrar la tuya. Hemos estado al límite, o por lo menos yo. Por culpa tuya, o mía, no lo tengo claro,  pero no quiero que vuelva a pasar, no quiero que confundamos fronteras y pongamos los límites en territorios prohibidos, de propiedad ajena. No quiero confundirme, no quiero agobiarme, quiero seguir apoyándome en ti cuando me tiemblen las piernas, y hacer sentir débil a tu corazón con mis palabras, y ya según se vea, también hechos.
Quiero que mi mente no me juegue una mala pasada y me susurre “pretendes olvidarlo, pero no te voy a dejar”, y mi corazón me haga lo mismo, que haya un complot entre todos los órganos de mi cuerpo contra mí misma.
Ojalá cuando intente dejarte en tu sitio me cambie el chip y sea como esos robots modernos que hacen todo lo que se les pide, que ya están funcionando en locales de China como camareros y relaciones públicas. Ojalá sea capaz de centrarme en lo mío, en que tengo una vida por delante para sentir lo que he sentido por un momento contigo.

Pero que sigas a mi lado, amor.

Ni contigo ni sin ti.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Asesino.


Te echo de menos. No sabes la falta que me haces, no te acuerdas de todos los “yo me acordaré de ti, siempre” que me dijiste y miranos ahora, yo sufriendo por alguien que probablemente ni se acuerde de mi la mitad de lo que yo de él y tú, que no hablas no sé por qué. Me siento sola sin ti, sin las risas que nos echábamos antes, sin todo ese cariño con el que me tratabas. Duele estar sin ti. Me hacías sentir viva. Era feliz cuando hablaba contigo. Las lágrimas se convertían en una sonrisa, que más adelante en una risa tonta. Eras mi principio y mi final. No éramos nada, ni yo quería que lo fuéramos y seguramente tú tampoco, pero el vacío que me has dejado me da a entender que eras más que un simple amigo. Eras un amigo, especial, que me trataba como alguien especial y me hacia sentir especial. Eras. Ahora eres esa persona que me hace llorar todas las noches por su recuerdo. Ahora eres alguien, que no conozco. Jamás voy a olvidarte, aunque tú probablemente ya lo hayas hecho. Cada vez que pienso en ti me duele, me duele hondo, no sé si es el alma, el corazón o simplemente es dolor psicológico, pero duele mucho, y el dolor es fuerte. A ratos pienso “eh, no es nadie para que estés llorando por él, tú vales más”, pero las palabras se van y vuelven las lágrimas, que sin avisar inundan mis mejillas cada noche. Intento olvidarte. Intento dejarte apartado de mi mente por un segundo. Pero no puedo. Me diste la vida y ahora tú te la has llevado contigo.

lunes, 3 de marzo de 2014

Para ti.


Tus carcajadas ahogadas, tus mordiscos en el labio cuando te aburres, tus abrazos de oso. No sabía qué efecto podría llegar a tener alguien sobre mi, pero llegaste tú. Me cambiaste la forma de verme a mi misma, de ver el mundo, me haces feliz.
Estar junto a ti es uno de los regalos más grandes que me ha podido dar la vida. Eres mi perdición, el orden de mi caos, estás aquí para organizarme el desorden y para revolverme lo ya organizado. Remueves mi mente como si te perteneciera, te encuentras en ella cada minuto y cada segundo de cada uno de los días del año. Tu voz se me quedó grabada hace mucho tiempo en la sesera, y dudo que se vaya alguna vez de ella. No es cuestión de quererte, es cuestión de necesitarte. Necesitar estar junto a ti y sentir tu aliento a escasos centímetros de mi boca. Entraste en mi vida inesperadamente, sin avisar. Eres como esas canciones que cuando la escuchas la primera vez la pasas por alto pero que a medida que la escuchas más, más te gusta.
Encuentro en ti el afecto que nunca he tenido, el cariño, el valor y la amistad que siempre me han faltado. Encuentro en ti a la persona que completa mi vida de tal modo que sin ti seguramente me sentiría como si arrancasen una parte de mi alma. Simplemente me ayudas a seguir adelante, me empujas hacia un futuro que antes de conocerte ni veía posible.
No te imaginas la de veces que me has sacado una sonrisa, la de veces que me has sacado del pozo en el que estaba metida. Tampoco te imaginas lo que me gustaría vivir contigo, aunque solo fuese un minuto de mi vida.

Mi amor, ¿qué más te has llevado contigo a parte de mi vida?


Él iba todos los días a la tumba de su mujer, recordando cada uno de los años que pasó con ella, los momentos vividos, las experiencias que le había brindado como padre, y lo mucho que extrañaba sus ojos, su boca, su vida, las ganas de vivir que desprendía. Ella se llevó consigo la fuerza en esa casa, la energía que él necesitaba para seguir adelante ya no estaba. La mujer a la que había acompañado hasta el fin de sus días, la mujer de su vida, ¿dónde estaba? La ausencia de esta le golpeaba el pecho cada noche, le gritaba en la mente, le presionaba el corazón. 

Mirando al mármol granate y grabado, soltó en voz alta, sin miedo a que alguien le escuchara, “te echo de menos”. Una lágrima cayó por su mejilla, pero no se la secó, quería que estuviera ahí, haciéndole sentir un poco menos solo en aquella vida, que hasta hacía unos meses tenía sentido, ahora no.
Apareció por su mente el recuerdo de sus hijos despidiéndose de su madre. La niña, su niña pequeña, solo 9 años, abrazando a su madre en aquella camilla de hospital. “Mamá, nunca te olvidaré, gracias por todo”. 
Otra lágrima.
Su mente era un caos, no sabía qué pensar o qué decir, cómo actuar ante la gente, cómo no estar destrozado durante los años que le quedaran de vida.
Por un momento cerró los ojos. Se imaginó cómo sería su vida si ella estuviera viva, viva y sana; al segundo se proyectó delante de sus ojos el momento en el que sus tres hijos y él, rotos, se abrazaron, rodeados de conmocionadas miradas.

Miró de nuevo a la foto de ella en el mármol.
“Estuve contigo hasta que te fuiste, y estaré contigo hasta que yo también me vaya” dijo antes de marcharse a casa, pensando en que el día siguiente, a la misma hora, la vería otra vez, su único consuelo.

Problemas.

 Querido, eres tan complicado. Me haces feliz, pero eres el motivo de mi desdicha. Me haces más fuerte, pero tu ausencia me debilita. La situación en sí es complicada. Somos complicados. No quiero quererte, y tú te dejas querer. Quererte me ayuda a sentirme segura del suelo donde piso y no caerme, pero también desearte tanto me hace temblar y perder el equilibrio, a veces hasta la cabeza. 

No debo quererte. 
Pero quiero. 
No puedo. 
Pero lo estoy haciendo. 

Dicen que desde pequeña me ha gustado ser diferente, variar un poco de lo normal, me gusta el peligro, y no sé cómo lo he hecho para caer siempre en la trampa de lo prohibido. Eres prohibido. 
La prohibición de tenerte solo me empuja a perseguirte, a intentarlo una vez más, pero hay un problema. Todo está en nuestra contra. Andamos en dirección contraria al viento, si nos dicen que no, seguimos la corriente, pero al rato me coges de la mano y me llevas al “si”. Me estás creando ilusiones, que solo hacen que te quiera querer cada día más, que te están haciendo olvidar a quien te hizo daño, y a mi a lo que me atormentaba. Quizá te esté ilusionando yo también a ti, quizá tú también pienses esto y la cobardía te congele las palabras, yo prefiero prender la llama cerca de las mías, y que vayan derritiéndose poco a poco, y así poder hablarte por fin, algún día, con la sinceridad que siempre he querido tener contigo, y la que me permita saber de ti.

Saber de nosotros. 



O no saber.

domingo, 2 de marzo de 2014

Te fuiste.


No sé dónde estás, no sé dónde quedaron esas huellas, no tengo ninguna idea de en qué lugar te puedes estar escondiendo. En el cielo quizá. Desapareciste sin decirme nada y sin aparentemente nada que contarme. A mi me quedaba todo por confesarte. Me quedaba una vida entera por compartir contigo, y te fuiste. Todavía recuerdo verte en ese sillón, impotente, pensando en lo que iba a pasar después de ese día, mirándome, y yo devolviéndote la vista. También recuerdo que eras una de las pocas personas que me miraba con buenos ojos. Me decías lo bonita que era aunque eso no fuese verdad, me defendías y querías como nunca nadie lo había hecho. Fuiste como esos tornados tan destructivos que pasan por zonas débiles y las debilita aún más. Hacías mucha falta en mi mundo.

Al mes después iba a tu casa, y no te veía, te buscaba con la mirada pero solo encontraba ausencia. No me fue fácil acostumbrarme a estar sin ti, créeme. Que no te he olvidado, joder. “¿Te sigues acordando de él?”. Esa pregunta. Que si me sigo acordando. Acordarse es poco.

Me miras.


Me miras. Te miro. Solo basta un segundo para que me de cuenta del brillo en tus ojos. Me sonrojo al pensar que seguramente a mi también me brille la pupila al contemplarte. Hago una recorrido con la vista sobre tu cuerpo. Increíble. Me adormeces con tu sonrisa, me elevas hasta novenos cielos de los que es imposible bajar si no es también contigo. Tu voz, esa misma que acaricia mis sentidos cada vez que me susurras al oído. Tu voz, tan mía. Cómo te cae el pelo por la frente, cómo lo colocas en su sitio, joder. Tus manos, con las que me envuelves el rostro y me secas la lágrima, y esos brazos, con los que me levantas como si fuera una muñeca. Eres grande en todos los sentidos, y así es como me haces sentir a mí, grande, en sintonía con cada parte de tu cuerpo, sentirte mío, que me sientas tuya. No hay manera posible de enfadarse contigo. Algo impide que suelte mi rabia cuando se trata de ti. Cada palabra tuya es un suspiro de mi alma. Cada respiración tuya llega a mi corazón unicamente para hacerlo latir más fuerte. Eres el núcleo de mi mundo, el tabique esencial para que yo no me derrumbe, estás aquí para organizar mi desorden y desordenar lo que ya estaba organizado. En un túnel tú serías esas luces que iluminan el tramo sin luz. Eres mi comienzo y mi fin. Haces que me olvide de lo que soy, de lo que siento por mi misma y me centre en la persona que eres, y en la que me estás convirtiendo. No digo nada que no sepas. Permaneces en mi mente todas y cada una de las horas del día.
Te aferras a mi.
Dime si existe alguna forma de felicidad que no sea contigo.
Dime si habrá algo o alguien que alguna vez pueda llegar a tener el efecto que tú estás teniendo en mi.